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Cómo entender el whisky japonés

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 Hablaremos de su origen, la búsqueda del propio sino, su evolución, las claves de su crecimiento y su forma de consumo recomendada.

Aprendieron de los mejores

En 1854, el comodoro Matthew Calbraith Perr regaló un barril con 414 litros de whisky al shōgun  en el marco del tratado comercial de Kanagawa.  El pueblo nipón quedó maravillado por ese “extraño sake” venido de tierras lejanas. Los productores locales, influenciados y curiosos, intentaron reproducir su sabor sin demasiada fortuna.

Tras una larga lista de intentos frustrados, fue la compañía Settsu Shuzo la primera en proponerse seriamente elaborar un producto local digno y merecedor de ser llamado whisky japonés. Para ello, tomaron como referencia Escocia por su larga tradición y habilidad tanto en la destilación como en el envejecimiento. Allí fue donde decidieron enviar a un aprendiz.

El escogido fue Masataka Taketsuru, un joven hijo de una larga estirpe de productores de sake. Taketsuru estudió química orgánica en la Universidad de Glasgow en 1919 y trabajó como aprendiz en distintas destilerías. En noviembre de 1920 regresando de varios viajes llego a Japón, dónde empezaría a desarrollar todos los conocimientos en esta nueva bebida.

La búsqueda de la propia identidad

Taketsuru regresó, pero la empresa que le había contratado había quebrado. Aún era pronto para el nacimiento del whisky japonés.

Apareció entonces Shijiro Torii, quién, al igual que Masataka, anhelaba encontrar la fórmula para elaborar un whisky local. Shinjiro, comerciante de sake y vinos de oporto, había hecho fortuna elaborando un licor local al estilo occidental. Esto le animó a aunar esfuerzos con Taketsuru. Juntos abrieron en Yamazaki la que se considera primera destilería de whisky japonés.

Esto dio el inicio al origen de las que a día de hoy se conocen como las dos principales compañías productoras de whisky japonés, Suntory y Nikka.

Saber hacer del defecto la virtud

Taketsuru y a Shijiro se les planteaba un inconveniente común. Ambos disponían de su propias destilerías (las únicas en el país), pero no estaban dispuestos a intercambiar espirituoso entre ellas. Esta era una condición aparentemente imprescindible para conseguir su propósito: elaborar un buen blend.

Resolvieron el problema de una forma práctica e ingeniosa. Ambos empezaron a trabajar con alambiques con cuellos de distintas longitudes e inclinaciones. Esto les ofreció la posibilidad de obtener una gran variedad de perfiles y matices de sus whiskies. Esta estrategia tan innovadora les convertiría, casi sin saberlo, en auténticos expertos de la destilación en alambique.

El whisky japonés y el mercado doméstico

Pasadas no pocas vicisitudes, aún cabía superar la última de las pruebas, la más exigente: el paladar japonés. Los productores abastecían a un mercado local acostumbrado al buen comer y al buen beber. Como prueba de ello el Sake, bebida local a la que se le reconocen más matices que al propio vino.

El pueblo japonés ejerció, por tanto, de crítico exigente y actuó de filtro. Convirtiéndose en una especie de mercado de prueba, confirió al producto un equilibrio lleno de sutilezas. Sin saberlo, habían preparado al whisky japonés para competir y superar a cualquier otro whisky del mundo, incluso al escocés, su principal inspiración.

Saber beber whisky japonés

Una vez recorrida la historia y vista su evolución solamente nos queda una cosa por hacer: beber whisky japonés, y saber beberlo bien. El whisky japonés es un excelente espirituoso para tomar solo u “on the rocks”, pero no hay que perder de vista que el producto también está concebido para el maridaje al igual que un buen vino.

A todo esto hay que añadirle un rasgo característico compartido por casi el 40% de la población japonesa, que consiste en un déficit enzimático del metabolismo del alcohol. Esto origina diversos grados de intolerancia al mismo. Todas estas circunstancias han llevado a proponer la mezcla del producto con agua.

El Mizuwari, el cóctel japonés por excelencia, es un ejemplo de ello. Se prepara mezclando ⅓  de whisky con ⅔ de agua, pero existen diversas variaciones ya sea añadiéndole un twist cítrico, utilizando agua de rosas o azahar, o té. Este cóctel es tan sencillo como sorprendente. Al bajar la concentración alcohólica y romper la barrera del etanol, el whisky es capaz de manifestar todos su matices aromáticos y elevarlos a su máxima expresión.

Así pues, hemos llegado al final del recorrido. Conocidos estos puntos, uno ya puede adentrarse en el mundo del whisky japonés. Un mundo lleno de matices, equilibrios y gratas sorpresas con una cultura donde la sutilidad es una de sus razones de ser.

 

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