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Como dice la canción: ¿Con quién se queda el perro?

Durante años el que tenía un peludo en casa era por seguridad, las familias tenían perros grandes y ellos eran los guardianes del  hogar. Posteriormente el tema fue cambiando y el perro era para compañía ya fuera de los niños, de las personas mayores o en general de todos los integrantes de la casa.

Hoy, los modelos de familia han cambiado y las mascotas forman parte importante de este núcleo. Aunque no toda la sociedad lo mira con buenos ojos, pues argumentan que es imposible comparar el amor a un hijo con el amor a un perro, la realidad es que hay para todo.

La invasión de los perrhijos

Las parejas, en los últimos años han transformado sus formas de convivencia, porque las largas jornadas de trabajo, los compromisos sociales, las horas que dedican al gimnasio o a sus actividades personales, han provocado que cambie el concepto de familia.

Sobre todo en la generación millennial, que considera que tener hijos requiere de un gran compromiso (al que como segmento social temen), y prefieren aplazar la paternidad para “estar preparados” para este gran evento. Así, acostumbrados a vivir a su aire, prefieren los viajes, maestrías y doctorados, comprar un auto nuevo o la casa de sus sueños, sin embargo al cierto tiempo se dan cuenta de que les hace falta algo más, con quien compartir sus instintos y es cuando deciden tener un perro en casa.

Así la mascota suple el papel de los hijos, y sus dueño-papás se convierten en padres de un cachorro al que dedican su tiempo, esfuerzo y dinero, con el objetivo de criar a un “perro de bien”.

¿Quién se queda con el perro?

Pero mas alla del tema del gasto que hoy implica tener una mascota, que hoy incluye: escuela, veterinario, alimentación orgánica, juguetes, paseador, peluquería y viajes,  no por nada en México se incrementó el valor de servicios para mascotas 76.4 % entre 2011 y 2017 y según Euromonitor International (se estima que en los próximos cuatro años aumente 38.1% más), es en el terreno legal, en el que las disputas han llegado hasta casos extremos.

Hace poco, una mujer en Canadá pedía al juez, en el proceso de divorcio que enfrentaba, la custodia de sus dos perros, e incluso que se regularan los días en los que su ex marido podría visitarlos ¡como si fueran sus hijos!, pero, cuando la mujer reclamaba que sus mascotas fueran tratadas como si fueran niños, el magistrado la sorprendió: “Después de todo lo dicho y hecho, un perro es un perro. Por ley es una propiedad, un animal doméstico que es adquirido. Por ley no tiene derechos familiares”, fue la contundente respuesta del magistrado que devastó a la mujer.

Y qué decir de los hombres y mujeres dedicados en cuerpo y alma a defender los derechos de los animales. Es el caso de David Grimm que durante años se ha dedicado a este tema y es autor del libro “Caninos ciudadanos”, que sobre el mismo caso del divorcio se cuestionó si era correcto que un juez dijera que una mascota era una pieza de propiedad, pues argumenta que en las próximas décadas la relación con los animales será interesante y las decisiones como la del juez canadiense jugarán un papel transcendental.

¿Qué les parece? Un caso para decir ¡Guau!

 

Por Maricarmen Tudón

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